La premonición del único argentino que murió en el naufragio del Titanic

Redaccion
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Edgard Andrew había nacido en Río Cuarto, Córdoba, y tenía 17 años. En una carta a una amiga en Buenos Aires le había dicho que no estaba entusiasmado por viajar en el trasatlántico más lujoso del mundo. Y que prefería verlo en el fondo del océano.

Edgard Andrew, el único argentino que murió en el naufragio del Titanic, nacido en Río Cuarto, Córdoba, seguramente jamás imaginó que sus palabras tendrían un tono premonitorio cuando antes de zarpar le escribió a su amiga Josey Cowan, quien vivía en Buenos Aires, que desearía que la lujosa embarcación estuviera sumergida en el fondo del océano. Y seguramente tampoco ella pudo evitar pensar que esas palabras habían sido un anuncio funesto: la carta llegó a sus manos cuando la tragedia ya había ocurrido.

La previsión que la White Star Line, empresa dueña del trasatlántico, no tuvo en otros aspectos al botar la colosal nave sí la tuvo en la decisión de acopiar carbón, para que el Titanic, la embarcación más lujosa y grande de su época, no se quedara sin combustible en su viaje inaugural de 1912.

Y, como una paradoja, ese resguardo fue, en cierta manera, la sentencia a muerte del adolescente Edgard Andrew, una de las 1517 víctimas fatales del naufragio, del que hoy se cumplen 114 años: el joven argentino tenía boleto para otro barco, que zarparía unos días después, pero una huelga de los trabajadores del carbón motivó a la White Star Line a ofrecerle partir en el Titanic, para el que había acopiado ese combustible.

Edgard tenía 17 años, era descendiente de inmigrantes ingleses, viajaba en segunda clase en el trasatlántico que sucumbió en las heladas aguas del Atlántico Norte y fue autor de un acto heroico: le cedió su chaleco salvavidas a Edwina Celia Troutt, ‘Winnie’, una maestra inglesa de 27 años que, en parte gracias a eso, se salvó y vivió hasta los 100 años.

El muchacho había nacido el 28 de marzo de 1895, en la estancia “El Durazno”, hoy conocida como San Ambrosio, donde funciona la escuela agrotécnica salesiana “Ambrosio Olmos”, a unos treinta kilómetros de Río Cuarto.

El papá de Edgard, Samuel Andrew, era un inglés que administraba esa propiedad rural, perteneciente al terrateniente cordobés Ambrosio Olmos.

En 1911, con 16 años, su padre lo envió a Inglaterra para que estudiara ingeniería. Edgard tenía planeado embarcarse el 17 de abril, en la nave Oceanic, también perteneciente a la White Star Line. Iba a Estados Unidos para asistir al casamiento de su hermano Alfred. Alfred, quien prefería que lo llamaran Alfredo, había viajado el año anterior a ese país, comisionado por el almirante Manuel Domecq García para supervisar la construcción de barcos de guerra argentinos.

Edgard le hizo saber por carta a su amiga Josefina Cowan –a quien cariñosamente llamaban Josey–, un año menor que él, residente en Buenos Aires, que cuando ella llegara a Inglaterra él ya no iba a estar allí. Ambos lamentaban ese desencuentro.

La huelga de carboneros motivó a Edgard a pagar una diferencia en el boleto para viajar en el Titanic, que zarparía una semana antes gracias a que la White Star Line había destinado a su nave estrella todo el carbón que había acopiado.

Edgard compró una postal del barco y se la envió a su hermano Wilfred, que estaba en la estancia San Ambrosio. Esa postal todavía se conserva: “Hoy llegaré a Irlanda, donde pasaré unas pocas horas. Yo lo estreno en su primer viaje a este… (no se entiende la letra)”, reza la dedicatoria. Debajo está la firma de Edgard.

También le había escrito a Josefina el 8 de abril, dos días antes de embarcarse: “Figúrese ‘Josey’ que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada de orgulloso, pues en estos momentos decearía (sic) que el Titanic estuviera sumerjido (sic) en el fondo del océano”.

La carta le llegó a ella mucho después, cuando Edgard, lo mismo que el Titanic, yacía en las heladas aguas del Atlántico Norte

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