Tras el femicidio de Zoe Pérez, ocurrido en La Toma en febrero de 2024, la Justicia condenó a prisión perpetua a los dos responsables. A casi dos años del crimen, su hermano Nahuel Mora reconstruye el doloroso camino de la familia, el impacto del juicio y advierte sobre amenazas sufridas tras la sentencia.
El crimen de Zoe Abigail Pérez marcó para siempre a la localidad de La Toma y a toda la provincia de San Luis. La joven fue asesinada el 20 de febrero de 2024 y su muerte generó una profunda conmoción social, movilizaciones y un pedido unánime de justicia. Tras una extensa investigación judicial y un juicio atravesado por el dolor, la Justicia condenó a prisión perpetua a los dos responsables del hecho, Ricardo Adrián “Gringo” Rodríguez (36) y Leandro Joel Oses (27).
Zoe tenía 17 años. La noche previa a su asesinato había salido a un encuentro deportivo y luego se reunió con Rodríguez y Oses en el domicilio del primero. Horas después, su cuerpo fue hallado sin vida en el lugar. Desde el primer momento, la causa avanzó bajo la hipótesis de un femicidio. La investigación determinó que la joven fue víctima de abuso sexual y que luego fue asesinada para ocultar ese delito.
Los imputados, conocidos de la víctima, quedaron detenidos y llegaron presos al juicio oral. Durante el proceso, la fiscalía reconstruyó con pruebas periciales, testimonios y pericias forenses cómo se produjo el ataque y el posterior intento de encubrimiento. La sentencia fue contundente: prisión perpetua para ambos acusados, en un fallo que el tribunal consideró ejemplar.
Pero detrás del expediente judicial hay una familia atravesada por una herida que no cierra. Nahuel Mora, hermano de Zoe, fue una de las presencias constantes durante todo el proceso: estuvo en cada audiencia, acompañó cada instancia de la investigación y sostuvo a sus padres en el momento más difícil de sus vidas.
“Al principio no caía, no entendía nada. Cuando me enteré se me vino el mundo abajo. Sentí que me arrancaron un pedazo del corazón”, recuerda. Nahuel relata que nunca imaginó lo que iba a ocurrir, porque su hermana conocía a quienes luego serían acusados. “Nunca me lo esperé. Sabía que se juntaba con ellos y jamás pensé algo así”.
Desde ese día, su vida cambió para siempre. “Fue un vacío enorme. Me destruyeron por completo”, dice. Y agrega que uno de sus mayores temores durante todo el proceso fue que los responsables quedaran en libertad. “Tenía miedo de que siguieran haciendo daño a otras mujeres, a otras chicas. Hoy sé que eso no va a pasar”.
El recorrido judicial fue largo y desgastante. Nahuel habla de noches sin dormir, de revivir una y otra vez lo ocurrido, de enfrentar imágenes y relatos imposibles de borrar. “Lo más duro fue ir a la morgue a ver el cuerpo de mi hermana. Eso me queda para toda la vida. Después, durante el juicio, volver a escuchar todo desde cero, ver fotos, escuchar a los testigos… es algo que no se lo deseo a nadie”.
Aun así, nunca dejó de estar. “Sentía que tenía un peso muy grande en la espalda: luchar por la justicia de mi hermana. Hoy siento que me saqué ese peso”, expresa. La condena no borró el dolor, pero trajo algo de calma. “La Justicia nos devolvió un poco de paz, un poco de consuelo”.
Cuando el tribunal leyó la sentencia, las emociones fueron contradictorias. “Por un lado sentí alivio, porque esas personas no van a hacerle daño a nadie más. Pero por el otro lado tengo un vacío enorme. Me falta mi hermana. Era la única que tenía, mi compañera, mi confidente. Me dejaron solo”, confiesa.
Hoy, Nahuel dice que su prioridad es cuidar a sus padres. “Ahora me toca estar con ellos, apoyarlos, no dejarlos solos”. Sobre el fallo judicial, es claro: “Estoy conforme. Fue una condena ejemplar. La Justicia actuó como debía actuar”.
Al hablar de Zoe, su voz cambia. La describe como quienes la conocieron la recuerdan: “Era una chica buena, respetuosa, muy querida, divertida y muy estudiosa. Eso no me lo voy a olvidar nunca”. Y reflexiona: “Lo que nos pasó a nosotros hoy, mañana le puede pasar a cualquiera. No se lo deseo a nadie”.
Nahuel también agradece el acompañamiento que recibió la familia desde distintos puntos del país. “El apoyo se sintió muchísimo, no solo de La Toma, también de San Luis, Córdoba, Mendoza, Buenos Aires, Salta, Jujuy. Eso lo valoro de corazón”.
Sin embargo, la historia no terminó con la condena. En un testimonio exclusivo, Nahuel advierte que, tras el fallo judicial, sus padres comenzaron a sufrir situaciones de hostigamiento. “Ha pasado gente por la casa de mis padres gritando amenazas y tirando cosas. Ellos están indefensos, no le hacen mal a nadie”, denuncia.
También afirma que las amenazas se extendieron hacia él. “Me han gritado cosas contra mí. No puedo salir solo a la calle por miedo a que me pase algo. Siempre me acompaña alguien para que mis padres se queden tranquilos y yo pueda estar seguro”. Y pide, con dolor y firmeza: “Quisiera que todo eso no ocurra más”.
La condena por el femicidio de Zoe Pérez cerró una etapa judicial, pero el camino de la familia sigue marcado por la ausencia, el duelo y ahora también por el pedido de vivir en paz. La justicia llegó. El dolor, no se va. Y la memoria de Zoe, como insiste su hermano, merece ser recordada por quien fue, no solo por lo que le hicieron.



