“El Maxi se abrió”, gritó en la calle una hermana de la acusada para afirmar que el joven se había suicidado

Redaccion
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Así Sharon trató de ocultar que Maximiliano Chávez, en realidad, había sido apuñalado por Brisa Brizuela. Lo contó un vecino que corrió a auxiliarlo. También dijo que Pilar, la madre de la imputada, le dio un cuchillo sin cabo y él, sin entender lo que pasaba, lo dejó en una pared muy baja de ladrillos. Relató que luego la mujer que se lo había entregado metió el arma blanca en un bolsillo.

Mintieron. Inventaron una historia nueva con el correr de los minutos. La versión de lo que pasó cambiaba con el transcurso del tiempo y la persona a quien se la dijeran. En ninguno de esos relatos Brisa Brizuela era la asesina de su pareja Maximiliano Chávez. A Miriam Elizabeth Gómez, la madre de la víctima, primero le dijeron que su hijo era llevado en una ambulancia al policlínico de Villa Mercedes. Al cabo de una hora, cuando el joven jamás fue ingresado a la guardia del centro médico, ante nuevas desesperadas llamadas de Miriam, Pilar, la madre de Brisa, le dijo que fuera hasta su casa. Cuando la mujer llegó, otra pariente de la imputada se acercó llorando y le dijo que a su hijo lo había asesinado un “motochorro” fuera de su vivienda.

Una hora y media antes, ese 21 de diciembre de 2024, Sharon, la hermana de quien hoy es juzgada, salió a la vereda a pedir auxilio a sus vecinos. “El Maxi se abrió”, gritó crudamente, como si el muchacho fuera una puerta. El primer vecino que la oyó interpretó que se había suicidado y corrió a ayudarlo. Llegaron a decir, en la escena del crimen y cuando la víctima todavía agonizaba, que había sido “un ajuste de cuentas”. Pero no fue un homicidio en un asalto, ni un suicidio, ni mucho menos un ajuste de cuentas a lo matón. Fue un asesinato y su autora fue Brisa.

A.M. fue uno de los ocho testigos que declararon este lunes, en el juicio contra la mujer que podría ser condenada a prisión perpetua por matar de una puñalada a su pareja y padre de su hijo, una criatura que este año cumplirá cuatro años. El hombre vive junto a la casa de Pilar, en la manzana 7015, en el sector de la UOCRA del barrio La Ribera.

Contó que ese día, sábado, luego de trabajar, arribó a su domicilio entre las 13:20 y las 13:30. Cerca de las 13:45, cuando almorzaba con su familia, escuchó algo que advirtió como “una explosión”. Lo describió como el ruido de la caída de algo y la rotura de vidrios. Enseguida sintió el grito de una persona en la calle y salió.

“Era la hermana de Brisa con un bebé. ‘El Maxi se abrió’, decía”, recordó. A.M. y su hijo M.M. ingresaron a lo de Pilar para ayudar. “Entré, Maxi estaba tirado afuera, boca arriba, gritando. Cuando lo veo bien estaba con los ojos abiertos, pero pálido y en diez o quince minutos se puso morado”, relató. En ese momento, la madre de la víctima de 23 años, ubicada en la primera fila del público de la sala de debates orales, comenzó a llorar al imaginar esa escena y el sufrimiento por el que pasó su hijo en esos minutos, que seguro padeció como una eterna agonía.

El hombre señaló que Brisa trataba de reanimarlo. Pero M.M., quien es radiólogo, le dijo a su padre que lo giraran y colocaran de costado para que no se ahogara. Cuando lo hicieron, el joven vomitó. Había caído con una mochila en su espalda. El testigo tomó un cuchillo grande, le cortó la mochila y le abrió la remera. Allí vio que debajo de la tetilla izquierda Maxi tenía una herida que, a simple vista, se percibía como un corte.

—¿Escuchó alguna otra versión sobre lo que había pasado cuando estuvo ahí? —preguntó el fiscal Ernesto Lutens.

—No escuché otra versión. No tenía noción de lo que había pasado —respondió el vecino.

En medio de ese desconcierto, Pilar, quien estaba “como perdida,” le extendió un brazo para entregarle algo y A.M., en un movimiento automático y de reflejo, le tendió su mano. La mujer le dio un cuchillo Tramontina, que no tenía cabo. “Cuando me lo pasa, ella se va y yo lo pongo afuera sobre una parecita de ladrillos. Después ella lo agarró y se lo guardó en un bolsillo”, detalló.

—¿Le pidió que hiciera algo con ese cuchillo? —consultó Lutens.

—No, en ese sentido no —contestó el hombre.

A.M. entendió que el muchacho había tratado de quitarse la vida, por la frase “el Maxi se abrió”. Por eso esposa del testigo llamó al 911, avisando sobre un suicidio o intento de suicidio con arma blanca.

A los minutos arribó una ambulancia del Sempro. Entraron un médico, un enfermero, un camillero y el testigo y su hijo salieron de la vivienda. Luego llegó la Policía, narró.

A quien sí le pidieron más favores, entre ellos, hacer algo con esa arma blanca que la madre de Brizuela pretendía esconder, fue a J.N., otro vecino. Ese testigo también reside en una vivienda contigua.

El hombre de 24 años entró a la sala de juicio, prestó juramento ante el tribunal y, casi como si se sintiera apuntado por algo, aclaró los tantos, cuando le preguntaron si tenía alguna relación con la víctima y/o la acusada y si poseía algún interés particular en la causa. Esa es una pregunta que los jueces le hacen a todos antes de declarar. “No, yo simplemente no quiero quedar pegado a nada”, respondió a la defensiva.

La presidenta del tribunal, Virna Eguinoa, le avisó, como parte de ese protocolo del juramento, que si falseaba la verdad podría ser acusado por falso testimonio, delito por el que podría acabar preso. “Ah, bueno”, le expresó ya más relajado, con un tono inocentón, típico de alguien que nunca había presenciado un juicio o se había sentado frente a camaristas como testigo en un caso de homicidio.

J.N. recordó que el día en cuestión, alrededor de las 14:30, escuchó gritos. Dijo que fue en ese momento del día porque sucedió antes de las 15, horario en el que iría a jugar al fútbol. Narró que salió y vio el portón del domicilio de Pilar abierto. “Me llamó la hermana (de Brisa) y me pidió si le podía cuidar al bebé”, aseguró y detalló que vio a Maximiliano en el patio “delirando”.

Indicó que en la casa ya había dos personas, A.M. y su hijo. Aclaró que a él nadie le contó lo que había sucedido, tampoco preguntó ni mantuvo una charla con nadie. Pero sí, en lo que estuvo en el lugar, oyó una versión. “Decían que había sido un ajuste de cuentas”, comentó.

Luego se fue con el bebé y lo cuidó durante media hora, hasta que un cuñado fue a buscar a la criatura. Recién cuando el fiscal instructor Leandro Estrada le preguntó, J.N. habló sobre el pedido por el que no quería quedar “pegado”.

—¿Alguien le pidió a usted o pretendió darle algo para que lo escondiera? —planteó sin vueltas el letrado.

—Sí, pasó eso —contestó con pocas ganas de tocar el tema.

—Cuentéemelo —le pidió el funcionario.

—Fue en un momento que Brisa lloraba. No sé, creo que eso es algo que haría cualquier madre en esa situación. Me pidió si podía hacer desaparecer algo, no me dijo qué, pero yo no quise recibir nada —relató J.N.

—¿Y qué le mostró? —solicitó precisiones el fiscal.

—No sé si era una faja o qué era. No recuerdo bien. Yo solamente le pedí que no me metieran en nada —contestó el testigo.

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